La Bocca della Verità: Leyendas y secretos de un rincón romano de cine

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¿Cómo una probable tapa de alcantarilla del siglo II se acaba convirtiendo en uno de los reclamos turísticos más fotografiados de la ciudad de Roma? A priori, no tendría mucho sentido. Tanto como el hecho de que su principal «don» sea la charlatanería, a pesar de no haber dicho una sola palabra en su vida. Temida desde la Edad Media por su firme carácter a la hora de castigar a quien se atreva a mentirle, son varias las leyendas que giran en torno a ella y la envuelven de una esencia mágica y misteriosa que aún perdura en la actualidad. Hoy, en Planeta Birs, te desvelo los secretos mejor guardados de la Bocca della Verità.

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Bocca della Verità (Siglo II). Roma, Santa Maria in Cosmedin

Este mítico y archiconocido mascarón de mármol pavonazzetto de época imperial romana —Adriano era el jefe supremo en aquel entonces— se encuentra colocado, a petición del Papa Urbano VIII y desde el año 1632en la pronaos de la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, ubicada en la Piazza della Bocca della Verità, el antiguo Foro Boario.

¿Qué tiene de especial esta piedra que incluso ha llamado la atención pontifical y da nombre a una plaza?

Pues nada en absoluto. La hipótesis más aceptada por arqueólogos e historiadores es que probablemente se tratase de una mera tapa de alcantarilla que recogería las aguas de lluvia con destino a la Cloaca Massima, una de las más importantes de la Antigua Roma. Esta tesis se basa en su proximidad al citado conducto de aguas residuales, así como en su tipología: una gran pieza pétrea circular, adornada con bajorrelieves y con cinco orificios (que coinciden con los ojos, nariz y boca de la imagen) por los que se colaría el agua. No obstante, estas características son las que llevan a otros grupos de investigadores a defender que la Bocca della Verità funcionó en su día como frontal de una fuente o formó parte de un impluvium (pozo que recogía el agua de lluvia) anejo al templo de Mercurio, del que hablaremos más adelante.

Aunque sin consenso sobre su papel, lo que sí afirman con seguridad todos ellos es que las perforaciones ponen de manifiesto que su uso estaba asociado al «mundo acuático», algo que también evidencia su iconografía.

Y es que mucho se ha especulado sobre la identidad de este rostro masculino con larga barba, pelambrera ensortijada y cuernos, desde que se trata de la representación del dios romano de la adivinación, Júpiter Ammón, hasta que es alguna deidad de los bosques, como puede ser Fauno, pasando por la personificación de alguna divinidad fluvial o marina, lo que es aceptado prácticamente por unanimidad.

En este caso, son dos los posibles candidatos: Tritón, hijo de Neptuno y mensajero de las profundidades marinas, y Océano, titán y padre de todos los ríos y arroyos. No obstante, todo parece indicar que se trata de Océano, dado que la pieza siempre —o que se tenga constancia— ha estado situada a orillas del río Tíber. En concreto en las cercanías del primitivo puerto comercial de Roma y de la desembocadura de la Cloaca Massima. Además, un rasgo que le delata son sus cuernos con forma de pinzas de cangrejo, atributo que caracteriza a este personaje mitológico.

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Océano y su esposa, la ninfa marina Tetis [Mosaico] (Siglo III). Gaziantep, Museo de Mosaicos de Zeugma

¿Por qué, entonces, se llama Bocca della Verità y no Bocca di Oceano (por poner un ejemplo)?

Esta emblemática pieza ya gozaba de gran popularidad en la Ciudad Eterna durante toda la Edad Media —y es muy posible que incluso desde antes— por sus «poderes mágicos» así como por su capacidad de pronunciar oráculos. Este hecho queda reflejado en la «guía de viajes» para peregrinos más exitosa del momento: la Mirabilia Urbis Romae (‘Maravillas de la Ciudad de Roma’).

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Juliano II, el Apóstata [Escultura] (Siglo IV). París, Museo Nacional de la Edad Media (Museo Cluny)

Con varias «reediciones» ampliadas y revisadas durante la época bajomedieval, esta recopilación de textos con origen en el siglo XII y best seller en el XV sería la encargada de poner en el mapa a la Bocca della Verità, recomendando su visita a todo aquel que se acercase a Roma. Sin embargo, la alusión que hace a ella no es directa; simplemente se limita a lo siguiente: «Ad sanctam Mariam in Fontana, templum Fauni; quod simulacrum locutum est Iuliano et decepit eum» (‘Junto a Santa Maria in Fontana, el templo de Fauno. Esta imagen habló a Juliano y lo engañó’).

¿La boca de la verdad contando mentiras? ¿Paradójico, no? Pues bien, cuenta la leyenda (medieval) que el diablo, escondido detrás de la piedra, se hizo pasar por el dios Mercurio, protector de los comerciantes, con el propósito de «chantajear» al emperador romano Juliano II, el Apóstata. Este tenía que someterse a la «prueba de la verdad» puesto que había estafado a una mujer y debía jurar que no era culpable, así que el demonio aprovechó para «proponerle un trato»: Además de salvar su mano, le dotaría de una gran fortuna si le prometía devolver el culto a las divinidades paganas —el emperador Constantino, el Grande, había legalizado el cristianismo unos pocos años atrás—.

Esta leyenda, que a simple vista podría parecer que no tiene relación alguna con el tema que nos concierne, además de dejar entrever que el mascarón llevaba labrándose su reputación desde hacía ya unos cuántos siglos, nos va a ayudar a entender las raíces históricas del por qué se lo conoce como Bocca della Verità.

Unos párrafos más arriba hacíamos referencia a la plaza que en época romana fue el Foro Boario, por ser allí donde se halla la pieza. Cercano a dicho área, que no era otra que el mercado de la ciudad, se encontraba el templo de Mercurio, donde los mercaderes de la Antigua Roma juraban ser honestos a la hora de realizar las gestiones de compraventa. Este hecho (el de prometer honradez) podría ser el «germen» de la leyenda por la que nuestra querida «cara parlante» es conocida mundialmente: Con la mano introducida en la boca de la imagen, se debe formular una afirmación. Si esta resulta ser verdad, la mano sale intacta, pero en caso de mentir, la boca se la arrancará de cuajo de un solo mordisco.

¿Visto así da un poco de miedo, no os parece? Pues nada más lejos de la realidad. Aunque bien es cierto que durante la Edad Media las manos de algún que otro reo fueron el piscolabis de la Bocca della Verità…

Y es que en el medievo, cuando los jueces, obviamente bien informados de los hechos, sabían a ciencia cierta que una persona era culpable de un delito, la sometían a la «prueba de la verdad». Ante los curiosos que se congregaban en la plaza para presenciar el juicio —por aquel entonces el mascarón se apoyaba en el muro exterior de Santa Maria in Cosmedin—, el acusado, por mandato de «sus señorías», metía la mano derecha en la boca… y salía sin ella. Pero, ¿cómo es posible, os preguntaréis? Muy sencillo. Tras la piedra se escondía un verdugo, el que, al mínimo gesto de los jueces, y sin temblarle el pulso, cortaba con una cuchilla la mano del inculpado.

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Pero ¿de dónde viene la costumbre de que las parejas de enamorados acudan a ella para probar su fidelidad?

Para encontrar la respuesta, tenemos que abandonar la bella Italia y viajar hasta las frías tierras germanas.

A finales de la Edad Media, la temática Weiberlist gozaba de gran popularidad entre los artistas y poetas teutones. Esta hacía referencia —explicado a grosso modo— a la astucia de la mujer y al poder que, con su erotismo, ejercía sobre el género masculino.

Así, en este contexto, en el siglo XIV comienza a circular por Alemania una leyenda que narraba la historia de una mujer acusada de adulterio, la que debía someterse a la «prueba de la verdad» frente a su marido y un juez para demostrar su inocencia. Llegado el día del juicio, la inculpada convenció a su amante para que acudiese disfrazado de bufón y, haciéndolo pasar por una de sus bromas, la abrazase delante de los allí presentes. De esa forma ella podría jurar, y salir indemne, que ningún hombre, aparte de su marido y ese bufón, la habían tocado jamás.

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Lucas Cranach, el Viejo (circa 1525-1528). Bocca della Verità [Pintura]. Colección particular
Lucas Cranach, el Viejo, fue el primero en llevar esta leyenda a la pintura. En este caso, la boca aparece representada como un león sobre un pedestal, tradición muy extendida en Alemania.

¿Y qué tiene que ver toda esta historia con la Bocca della Verità de Roma?

El humanista Giovanni di Paolo Rucellai tiene el honor de ser la primera persona que se sepa en referirse a ella en un texto escrito como «piedra de la verdad». En el «cuaderno de bitácora» de su visita a Roma, a mediados del siglo XV (año exacto: 1450), además de darle esa denominación, ya la describe como «una lápida que antiguamente tenía la virtud de mostrar cuando una mujer había sido infiel a su marido». Y es que esta «tradición» viene de lejos. O, al menos, eso se desprende de otra de las leyendas medievales que gira en torno al mascarón.

En el siglo XIV, comienza a circular, tanto por Italia como por Alemania, un poema anónimo cuyo protagonista es un tal mago Virgilio. Pero mientras que los germanos asocian esta figura con el autor de la Eneida, a quien por arte de magia y nunca mejor dicho le atribuyen poderes de ocultismo, la versión latina es «interpretada» por Virgilio Grammatico, un erudito del siglo VII amigo de las artes y ciencias ocultas, el que, algunos estudiosos dicen era oriundo del País Vasco (aunque no está muy claro).

Con una diferencia de unos siete siglos ¿qué es eso en la datación de una pieza?, ambas atribuyen a sus respectivos Virgilios la construcción de la Bocca della Verità con el fin de que aquellas esposas y maridos que desconfiasen de la fidelidad de su cónyuge pudiesen consultar con ella y así salir de dudas. Y aquí es cuando entran en juego varias piezas del puzle que estamos intentando componer.

Sin saber ni cómo ni por qué, en la versión alemana del ya conocido Mirabilia Urbis Romae, de nombre Das Mirabilien Blockbuch, publicada en torno al año 1475, la leyenda de la mujer infiel se funde en una sola con la de Virgilio y resulta que su escenario no es otro que nuestra querida Bocca della Verità, la que comenzaba a hacerse popular en el país germano gracias a la gran cantidad de viajeros tudescos que visitaban Roma.

Pero el dato más importante de todo esto no es la fusión de las historias, sino que ya se alude al mascarón como Bocca della Verità, siendo más que probable que esta denominación fuese una primicia. A partir de aquí, hace historia sobreentiéndase que legendaria.

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Blanchard, J. (circa 1870-1872). La Bocca della Verità [Escultura]. París, Jardín de Luxemburgo Este tributo francés a la mítica imagen de Roma deja más que patente la popularidad mundial de la que goza el mascarón desde su aparición en la «guía» Mirabilia Urbis Romae.

La Bocca della Verità: Leyenda romántica

Como toda auténtica leyenda, la narración romántica que gira en torno a la Bocca della Verità se adornó con un poco de aquí y de allá. La que transcribo a continuación corrió como la pólvora por la Italia de finales del siglo XV, tanto que traspasó sus fronteras hasta convertirse en el desencadenante del mito que hoy conocemos sobre la pieza de Roma. Esta nos relata cómo el poder que posee la boca de la verdad para morder a los mentirosos no funcionó una vez gracias a la astucia de una mujer. ¿Os suena la trama de algo? ¿Sí? Pues seguid leyendo.

La protagonista de nuestra historia es una mujer joven y bella, cuyo marido, hombre notable en Roma, gozaba de gran prestigio en la ciudad. Una noche, en la que su esposo estaba ausente, un vecino un tanto cotilla vio cómo un joven saltaba por la ventana y se introducía en la casa del matrimonio. Así, este hecho «escandaloso» se convirtió en la comidilla del pueblo romano.

La mujer trató de excusarse y de justificarse, negándolo todo, pero su marido, furioso, fue inflexible y decidió someterla a la terrible prueba de la Bocca della Verità.

El día establecido para el juicio, cuando la muchacha avanzaba camino del matadero seguida por los cientos y cientos de ojos de las personas que se concentraban en la plaza para presenciar el «espectáculo», de entre todas ellas, y de forma imprevista, salió un joven y se acercó a ella. Este, sin importarle nada ni nadie, la abrazó y la besó con auténtica pasión, lo que provocó un verdadero revuelo entre la muchedumbre. El marido, enojado, se aproximó al joven con intención de pegarle. Viéndolas venir, el muchacho se disculpó y alegó que, ante la belleza de la mujer, no había podido evitar darle un beso.

Esta razón parece convencer a los testigos, ya que el joven fue perdonado, y una vez calmado el ambiente, se celebró el juicio de la mujer ante la boca de la verdad.

Con parsimonia, pero segura, esta se acercó a la piedra y, con la mano dentro, se giró hacia los jueces y el pueblo, a quienes dijo: «Juro que aparte de este joven que me ha besado, ningún otro hombre, que no sea mi marido, me ha tocado».

Tras unos tensos segundos de espera, la joven sacó la mano de la boca y, para sorpresa de los allí presentes, salió intacta.

Tanto los jueces como el pueblo sabían que la mujer era culpable y que el joven era su amante, pero no podían demostrarlo, ya que la mujer, con la estratagema del achuchón del «desconocido», había dicho la verdad.

Así fue como, por primera vez en la historia, la boca fue engañada.

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Only you [Película]. Estados Unidos (1994)
No podía despedirme sin recordar la escena de la película Only you, que a su vez hace un guiño a la archiconocida secuencia de Vacaciones en Roma, donde la Bocca della Verità es testigo del feeling entre Faith (Marisa Tomei) y Peter (Robert Downey Jr.).

Las malas lenguas dicen que desde que quedó en evidencia con el caso de la joven romana infiel, curándose en salud para no convertirse de nuevo en el hazmerreir de la ciudad, la Bocca della Verità no ha vuelto a «castigar» a ningún mentiroso, de ahí que permanezca siempre abierta. Pero, a pesar de saber que es totalmente inofensiva y de que tu mano permanecerá intacta, ¿te atreverías a desafiarla? Yo me lo pensaría dos veces…

Bibliografía:

• Barry, F.: «The Mouth of Truth and the Forum Boarium: Oceanus, Hercules, and Hadrian», Art Bulletin, marzo de 2011, págs. 7-37.
• D’Onofrio, C.: Un popolo di statue racconta, Romana Società Editrice, s. l. [1990].
• Friedländer, M. J., Rosenberg, J.: Die Gemälde von Lucas Cranach, Deutscher Verein für Kunstwissenschaft, Berlín [1932].

© Christina Birs

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