Contando estrellas • Prólogo

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Prólogo

Cerca de Sestri Levante, República de Génova. Finales del siglo XV.

—La hermana Leonilde la acompañará —indicó la abadesa con una sonrisa, satisfecha tras comprobar que la bolsita de cuero que le había dado a cambio contenía cinco monedas de oro.
—Es por aquí. —En silencio, siguió a la religiosa.
Mencía daba gracias a Dios por encontrarse a refugio. A lomos de su caballo había recorrido a galope tendido las últimas tres leguas en medio de la desapacible noche invernal. Debía llegar cuanto antes a la iglesia de Santa Maria Ligure. El cardenal Severini, amigo personal de su tío y quien había cuidado de ella durante los últimos años, le había dado instrucciones claras de lo que debería hacer en caso de peligro, y sabía que en ese lugar estaría a salvo. No podía arriesgarse a continuar con el cofrecillo el largo trayecto que le restaba. La estaban vigilando de cerca desde que había salido de Roma hacía una semana, y tenía la sospecha de que la atacarían en cualquier momento para arrebatarle el contenido del pequeño baúl de madera.
—Ha hecho bien haciendo un alto en el camino, el frío llama a ello. ¿Hacia dónde se dirige?
—Al norte —respondió escueta. Sabía que el único motivo por el que aquella huesuda y encorvada mujer de cara avinagrada le daba conversación era indagar sobre la pieza que portaba.
—¿Va a visitar a algún pariente?
—No —mintió.
—Es extraño que alguien confíe el depósito de un objeto en nuestra iglesia a no ser que lleve rumbo sur. Imagino que ha de ser de gran valor.
El templo, situado en el camino costero que unía Santiago de Compostela con Roma y, además, de forma estratégica, en las cercanías de la Vía Francígena, principal vía de peregrinación a la urbe romana desde el norte de Europa, era el lugar elegido por muchos romeros, sobre todo los acaudalados, para depositar las valiosas ofrendas que llevaban consigo al Vaticano y así evitar que fuesen robadas en caso de asalto. No en vano aún distaban casi doscientas sesenta millas de la Ciudad Santa, las que había que salvar por arduos senderos, a menudo llenos de vándalos y saqueadores. A cambio de un donativo, bien fuese en forma de limosna, objetos litúrgicos o incluso reliquias de santos, como había cedido algún noble, las agustinas se encargaban de que dichos dones llegasen a su destino sin percance alguno.
—Malditas ratas —escupió la monja con tono agrio nada más abrir la robusta puerta de madera que conducía al exterior. Cogió la antorcha del aplique rudimentario de forja situado junto a esta, la encendió y le hizo seña para que la siguiese escalerilla abajo por el abrupto acantilado—. Tenga cuidado, los peldaños están resbaladizos. Agárrese aquí —añadió en referencia a una cuerda que hacía las funciones de pasamanos.
Ya dentro de la inhóspita oquedad rocosa donde guardaban las piezas, tanto propias como en custodia, el sonido de una gota al caer desde el techo y chocar contra el suelo hizo estremecer a Mencía. Había algo en el ambiente que la inquietaba. Inconscientemente, apretó las piernas con fuerza al recordar las palabras de Su Eminencia previas a su partida: «antepón su salvaguarda a tu propia vida». A pesar de que podía encontrarse con la muerte en el trayecto de regreso a casa, asumió con gusto la misión. No podía fallar a su familia romana ni a su tío, don Beltrán de Cusanza, vicario de la Diócesis de Compostela.
—Los cuervos llevan varias noches rondando el huerto.
A sus espaldas quedaba la boca de la cueva, por la que se filtraban rayos de luz provenientes de la luna llena. Por ella también se colaban al interior unos espeluznantes chillidos de pajarraco, que retumbaban en las paredes de piedra.
—Esos graznidos no presagian nada bueno —auguró la monja entretanto se adentraban unos metros—. Hemos llegado.
Colgada al cuello y cubierta por sus raídas vestiduras, Leonilde llevaba una cadena de la que pendía una llave. Con parsimonia, se inclinó hacia la cerradura del enrejado metálico que cerraba el cubículo con intención de abrirlo.
Mencía soltó un grito ahogado al escuchar lo que parecían unos pasos que hacían crujir la escalera.
—No se asuste. El viento arrollador que se ha levantado campa a sus anchas entre los recovecos. Aquí solo estamos los roedores, usted y yo. —La llave parecía resistirse a entrar en el agujero, así que optó por quitarse la cadena. Falta de reflejos, se le resbaló de las manos y cayó al suelo—. Maldita sea —farfulló al apagarse la llama a consecuencia de una ráfaga de aire y quedar casi en penumbra—. Ayúdeme a buscarla.
Aferrando el baulillo contra su cuerpo con el brazo izquierdo, la joven se agachó con cierta dificultad debido a las molestias abdominales que empezaba a sentir, y comenzó a palpar el inmundo y húmedo piso hasta que un ligero temblor sacudió la gruta.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó temerosa, a la par que se incorporaba con rapidez.
—Un regalo divino para recuperar la llave. Alabado sea el Señor.
Mencía se arrinconó contra la pared y se abrazó a sí misma, rogando a Dios, con los ojos cerrados y en voz baja, que Leonilde abriese pronto la reja para así poder salir de allí cuanto antes. Concentrada en sus plegarias, sintió la fría y afilada hoja de acero sobre su cuello y, mientras se desvanecía en su propio charco de sangre, notó cómo las convulsiones se iban haciendo cada vez más fuertes.

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