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Cuando aquella tarde de enero del año 2016 me senté frente al ordenador, lo que menos me imaginaba era que aquel gesto cotidiano sería el detonante de lo que unos meses más tarde se convertiría en mi primera novela, Contando estrellas.
Siempre me había gustado escribir, cierto es, pero ni en mis mejores sueños me había imaginado que algún día vería mi propio libro en las estanterías de bibliotecas y librerías, algo que ahora se ha hecho realidad 😊.
La verdad es que no recuerdo qué intención tenía aquel día frío y lluvioso de hace tres años cuando abrí el documento de Word, solo que mis dedos comenzaron a teclear el inicio de una historia: la de Sira y Enzo.

Tras haber cobrado vida las ideas en forma de manuscrito, ahora nos toca hacer lo correspondiente con este y convertirlo en libro a través del proceso de edición.
Como escritores indies debemos prestar especial atención a todas las fases que lo conforman, ya que de su buen o mal desarrollo dependerá la calidad del resultado final, que será el que llegue a nuestros lectores. Por este motivo, y con el propósito de ofrecerles un producto que satisfaga sus expectativas, no podemos realizarlas a toda prisa y sin orden alguno.
Abordar el proceso editorial y concluirlo con éxito lleva su tiempo, de ahí que una buena planificación sea indispensable. Y es que organizar con antelación todas las fases, sin dejar nada al azar, nos facilitará y abreviará el trabajo, además de asegurarnos que no nos dejaremos atrás ninguna etapa del proceso. Es aquí cuando entra en juego el calendario editorial 🙂.

Hace unos días, leyendo una entrevista a una persona vinculada al mundo de la escritura, me llamó la atención que emplease indistintamente los términos autopublicación y autoedición cuando en realidad de lo que hablaba era de autopublicación. La creencia de que ambos conceptos son sinónimos está muy extendida, al igual que ocurre con portada y cubierta o galeradas y compaginadas; pero, en realidad, aunque están asociados, no significan lo mismo.
En este breve post te explico de forma muy sencilla en qué consiste cada uno de ellos. ¡Vamos allá 😉!

Después de haberle puesto el punto final a la novela —y de haber realizado el trabajo más difícil, como es el de escribirla—, todavía queda una tarea crucial por llevar a cabo: la redacción de la sinopsis. Y es que no debemos olvidar que somos nosotros mismos, los autores, quienes nos encargamos de su escritura, independiente del resto de la novela y para la que también hay que tomarse su tiempo.
No en vano, de ella depende que en el lector se despierte —o no— el impulso que todos los escritores deseamos provocar: «Quiero leerla ya». Por eso debemos cuidar hasta el más mínimo detalle en su elaboración, incluso nuestro estado de ánimo a la hora de afrontarla 😅.
Si en el post del otro día comentaba que la imagen de la cubierta debe transmitir con un solo golpe de vista la trama de la novela, lo mismo ocurre con la sinopsis; aunque en este caso, mil palabras sí que valen más que una imagen. Bueno, tantas no, ya lo veremos un poco más adelante…