La inocencia de la primera vez. Confesiones de una escritora desinspirada.

la-inocencia-de-la-primera-vez-confesiones-de-una-escritora-desinspirada-christina-birsMeses después de poner el punto final a tu historia, por fin, suena el teléfono. Con nervios, porque sabes que no se trata de un spammer, descuelgas. Es LA LLAMADA. Esa que llevas esperando desde el mismo instante en que pasó por tu cabeza la idea peregrina de escribir una novela. Durante la conversación, lo ves todo de color de rosa. Y como no es para menos, te despides con una amplia sonrisa en los labios: Acabas de apalabrar tu primer contrato editorial. Triple wow!

En breve saldrá a la venta tu niña mimada. Esa novela que te ha robado horas y horas de sueño y en la que has estado trabajando tanto tiempo hasta conseguir un manuscrito redondo —excepto para perfeccionistas como yo, que nunca nos parece que lo está—.

Todavía en fase de asimilación, sales a la calle a gritarlo a los cuatro vientos. No hay familiar, amigo, allegado o vecino que no se alegre por ti. Son los primeros en compartir tu éxito en las redes —y se lo agradeces—. No todos los días uno se codea con un escritor. Escritor… Qué bien suena… «Como Dan Brown o J. K. Rowling», te dicen todos.

Sigues flotando en una nube cuando, pasadas varias semanas de aquella conferencia, recibes el contrato editorial. Lo lees dos o tres veces, sin creerte aún que esté entre tus manos. Conseguirlo no ha sido fácil. A pesar de que hay varios términos que no entiendes —en ese caso, puedes acudir a asociaciones como la AEN, encantadas de echarte una mano 🙂—, la emoción te embarga, y estampas la mejor de tus firmas. ¡Queda tan bien al lado del nombre de la editorial! ¿A que sí?

Pero después de que lo envías… ¡Ay, después de que lo envías! Aparece una vocecilla interior que antes no había y que te pregunta: «¿No le habrás vendido tu alma ilusión al diablo, verdad?». Y en muchas ocasiones, para nuestra desgracia, la respuesta es afirmativa.

Cegados por la emoción, no nos paramos a darle importancia a cláusulas, a menudo abusivas, como los porcentajes de regalías, los puntos de venta en los que se distribuirá nuestro libro o la forma en que se hará, u otros aspectos como la transparencia de la editorial (en lo que a gestión de nuestra novela se refiere) o la calidad asociada al sello.

Entonces, y solo entonces, es cuando nos damos cuenta de que no se la hemos vendido. Directamente se la hemos regalado 😔. Pero esto, mis querid@s birsian@s, son, por desgracia, gajes del oficio 🤷.

¡Hasta pronto! 😉.

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